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Estoy muerta

  Estoy muerta y todavía no lo sé; mejor dicho, lo sé, pero no lo acepto. El mal presagio se respiraba en el aire, se susurraba en el viento. Pero yo era joven, a mí eso no me preocupaba, no todavía. Cuando me dé cuenta, será demasiado tarde. Aunque lo hubiera sospechado antes, opino que el destino estaba escrito, sin vuelta atrás. Canto mi canción favorita por lo bajo, mientras la escucho en los auriculares. Camino, como toda mujer, siempre mirando para atrás. Hay un miedo sutil, ese de caminar por la calle y que un loco te ataque completamente desprotegida. Un completo extraño, sin razón aparente. Pero es un miedo de todas, de cualquier mujer, del género femenino en su conjunto. La juventud hizo que me distraiga, que piense en la salida del domingo, la pelea entre mis amigas, el examen de matemáticas que seguro hubiera reprobado si estuviera viva, porque no había estudiado lo suficiente. Caminaba de a saltitos, tanta energía tenía que a veces los pasos no me alcanzaban, un ...

Eva y Mariana

  El día comenzaba a clarear, un amanecer rojizo, que auguraba un día despejado y diáfano. Antítesis de la oscura alma que se expondría, de la mezquindad, del horror. Tomás la había visto un día en el mercadito del barrio. “Es la Mariana, volvió para atormentarme” pensó. Hacía ya un par de años que se había librado de ella y, por eso, había pagado sus años en el pozo. Y, sin embargo, ahí estaba, frente a sus ojos, sonriendo y comprando galletitas como si fuera lo más normal del mundo. “La muy rastrera finge no conocerme, ni siquiera una mirada me dedica, después de haberme podrido en ese agujero por ella”, caviló. Los siguió hasta la casa a paso lento, intentando que la ansiedad arrolladora no lo dominara. Mariana entró acompañada de un hombre a ese nuevo caserón de dos plantas, ubicado cerca de lo de Don Roberto. En tanto, añorando levemente lo cómodo de la ciudad, Eva está comenzando a disfrutar este lugar, todo suyo y de Manuel. Su nuevo hogar. Hogar, que palabra tan dul...