Eva y Mariana

 

El día comenzaba a clarear, un amanecer rojizo, que auguraba un día despejado y diáfano. Antítesis de la oscura alma que se expondría, de la mezquindad, del horror.

Tomás la había visto un día en el mercadito del barrio. “Es la Mariana, volvió para atormentarme” pensó. Hacía ya un par de años que se había librado de ella y, por eso, había pagado sus años en el pozo. Y, sin embargo, ahí estaba, frente a sus ojos, sonriendo y comprando galletitas como si fuera lo más normal del mundo. “La muy rastrera finge no conocerme, ni siquiera una mirada me dedica, después de haberme podrido en ese agujero por ella”, caviló.

Los siguió hasta la casa a paso lento, intentando que la ansiedad arrolladora no lo dominara. Mariana entró acompañada de un hombre a ese nuevo caserón de dos plantas, ubicado cerca de lo de Don Roberto.

En tanto, añorando levemente lo cómodo de la ciudad, Eva está comenzando a disfrutar este lugar, todo suyo y de Manuel. Su nuevo hogar. Hogar, que palabra tan dulce. Eso deseaba de corazón, construir un hogar como nunca había tenido. Estaba haciendo sus sacrificios para lograrlo, pero esperaba que estuviera bien empleado el esfuerzo que conllevaba. Tenía que valer la pena.

Como cada mañana, salió al balcón con su café. Tomás lo sabía, por supuesto, la estaba esperando. Llevaba días y noches observando sus movimientos, como un gato, aguardando el instante de saltar sobre su presa. Se hacía crujir los dedos, intentando controlar la ira, con la adrenalina corriendo por sus venas.

Ya no pensaba esconderse más, ella tenía que verlo de frente, quería ver su expresión cuando cayera en cuenta de que había venido a terminar lo empezado. No lograba entender cómo es que todavía estaba viva, pero lo había logrado. “Siempre tan taimada, zorra asquerosa”, masculló entre dientes. No había, para él, diferencia entre los dos rostros, el de su memoria y el que estaba en el balcón, sorbiendo lentamente el café.

Eva vio a un desconocido entre los pastos, un hombre delgado y moreno. Esbozaba una sonrisa ladeada y unos horribles dientes amarillos, que se vislumbraron amenazantes. Decidió, con una pizca de miedo, ignorarlo y entrar a su hogar. Sería algún peón de estancia, curioso pero inofensivo. Eso se repetía a sí misma, para convencerse. Se lo repetía una y otra vez, como un mantra, mientras baja la escalera, camino a la oficina en la planta baja.

En ese momento, la mente de Tomás estalló en agravios, lo había visto e ignorado. “Peor para vos, puta asquerosa, ya me harté” gritó para sus adentros. La decisión estaba tomada, ese día acabaría con Mariana, de una buena vez por todas. Basta de vivir bajo su sombra, con su recuerdo. Con sus dolorosos gestos, su desamor.

Eva seguía vacilando sobre si su angustia sería un tanto exagerada. Se sentó en la computadora, tenía que revisar los planos de la obra de Los Troncos. Mientras, en ese mismo instante, Tomás saltaba el cerco y se aproximaba agazapado a la casa. Ya había visto que la puerta trasera estaba abierta, pero no logró contenerse y decidió mirarla de nuevo por la ventana. Ese vidrio que los separaba le recordaba a la prisión. La cólera ocupaba cada centímetro de su cuerpo, ya estaba listo para el final, siempre que fuera con Mariana, su Mariana.

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